Si amanece y ves que estoy durmiendo... despiértame.

Eres un ganador, no porque no hayas perdido nunca sino porque nunca das nada por perdido. Regalo de Cherokee

sábado, 15 de marzo de 2014

Greta Garbo y Andrew


Andrew, llegó con un ramo de flores recorriendo lento el pasillo del hospital de New York. Era domingo de pascua y el teléfono había sonado al fin. Parecía que Greta esta vez ya se iba de su vida y de las últimas costumbres que los había atado durante 38 años.

Cuando entró en la habitación sabía ya que las flores no las vería más. Se acercó el médico explicándole qué había sucedido; para qué, ya toda daba igual, ella se había negado a que se supiera nada, entonces para qué.

“No pudimos reanimarla…” Claro, aún le resonaba el jadeo y la inconsciencia de las dos noches anteriores.

Al salir estaba la Dietrich, con gafas oscuras, una vijecita que le dijo al verlo, aún con voz grave: “Lo quisimos todo y lo conseguimos ¿verdad?”

Se negó a llorar. La familia y amigos iban llegando y se introdujo otra vez por ese pasillo que se le antojó oscuro.

Un periodista logró filtrarse antes de llegar al apartamento de East Side. Manhattan seguía como siempre, impresa de lujo y de ambiciones. Se hizo la noche; mientras el tal Robert insistía, él callaba. “No sé, le dijo, no ves qué viejo estoy” y con una sonrisa de plástico agregó: “No digas nada, la Garbo no ha muerto, sigue como un fantasma. No sabes nada, no y aunque lo sepas no lo dirás.”

Lo dejó en el hall y entró al apartamento, callado sin ella. Se sirvió un whisky; con los ojos secos depositó la mirada anciana en aquellas temporadas locas en Suiza y en París; aquella châteaux en Antibes y el Mediterráneo bañando los cuerpos jóvenes y alucinados entre el alcohol y el cannabis.

Y tenía ganas de gritar por la ventana, con una cortina de celdas iluminadas: “La Garbo reía… jajajaja. Y cómo reía, idiotas.”

Miró el Óscar que le dieron de promoción una vez retirada y al lado el de la Academia Sueca. Parecían imágenes bufa, nunca le quedó claro si a ella le gustaban y le halagaban el ego.

Seguro que sí, tanto como fue su gran actuación desde los 36 a los 84 años. Una hermosa actriz, magnánima, dúctil y joven quedó petrificada en las mentes durante 48 años más…

La lámpara forjada y en caleidoscopio lo fue adormeciendo en esa noche de pascua que se quedó paralizada en un eco mundial: “La Garbo ha muerto.”

-La Garbo vive, es mito… es mito… es mito…- musitaba ya en el sonambulismo- Se me fue Greta… Se me fue…

(Podía haber sido así Andrew, por qué no. Nadie se fijó en ti.)