31 de diciembre de 2012, las siete de la tarde tañidas
por las campanas del paseo San Telmo.
La garza blanca, Ardea alba, que se las suele ver solitaria y en agrupaciones considerables. Es posible observarla pescando en proximidad de otras aves acuáticas. Y duerme en congregaciones que pueden contar con cientos de ellas.
Pesca durante las horas del día, retornando al nido o
percha al atardecer para dormir hasta el alba. Aunque si hay noche clara, es
posible ver alguna trasnochando a la luz de la luna.
Y al verla allí, sola, en esas casualidades que crea el
tiempo, pensé en que podían no existir más, haber desaparecido para siempre. Y
allí estaba…
Durante la temporada de anidación a la Garza Blanca le
crecen unos plumones en la parte posterior del cuerpo. Estos plumones son de
apariencia suave y frágil. A fines del siglo XIX se tornó la moda el usarlos de
adorno en los sombreros femeninos. La caza de estas aves aumentó de forma
alarmante. Como estas plumas sólo crecen durante la temporada de cría, en los
nidos las atrapaban sin preocuparse por los pichones, que eventualmente también
perecían. Estuvo muy cerca de extinguirse. La moda cambió y siguen volando
bellas, estilizadas…