
Siempre me ha asombrado la basura de las calles que genera follar (ya sabéis su sinónimo en otros países) en un coche… En los lugares adecuados y masivos para tal fin.
Papeles, toallas, miles de filtros de cigarrillos, preservativos, latas y botellas, plásticos.
Todo queda ahí, como símbolo del sexo sobre ruedas.
El día soleado, jardines, montañas a lo lejos, el mar como base de la meseta. Palmeras retozonas, la calle asfaltada de lujo con sus rayas blancas y precisas, farolas en S, la acera de mosaicos bellos limitadas con rocas o con salidas a caminos de sendero. Líneas diagonales para indicar estacionamiento.

Vacío, todo desierto, quieto y a la expectativa de las primeras sombras, a la espera del sonido a motores, que van acomodándose uno tras otro para la faena de la noche, sigilosa, indescifrable; en una ceremonia furtiva ante el galopar de la sangre. Desnudos que suben y bajan a través de las ventanillas. Y por fin la postrimería del clímax apresurado y el desenlace… Después la higiene aligerada pronta junto a la radio, sonidos altos e impetuosos.
Y todo fuera, ni una señal en el coche, sólo un aroma ocre. Todo queda en la calle. La que no es de nadie. Los espermatozoides encerrados expuestos a las estaciones.
Y ahí se queda…
Sólo la basura los señala. Anónimos vestidos-desnudos-vestidos. Repasan su automóvil que limpiaron un día antes y regresan a sus casas ¿Serán ellas testigos también de la basura que genera su actividad sexual?
El arte de un preservativo callejero:
